Un ensayo no religioso sobre Dios, los milagros y por qué el control destruye lo que más quieresA non-religious essay on God, miracles, and why control destroys what you want most
«No hay lugar vacío de Él.»
Tikunei Zohar · tradición cabalística
«Cuanto más entendemos las cosas singulares, más entendemos a Dios.»
Baruch Spinoza · Ética, Parte V, Proposición XXIV
A Antonio, porque la identidad rebasa el tiempo y porque aprendió a ser causa y no efecto.
Nunca he escrito sobre esto. Llevo años publicando expedientes, cifras, denuncias y análisis geopolítico, y en todo ese tiempo no he dedicado una sola línea a lo único que ha sostenido mi vida cuando todo lo demás se cayó.
Lo escribo ahora por una razón simple: hace unos días recibí una de las mejores noticias que he tenido en años, y llegó exactamente después de soltar el control por completo. Otra vez. Como cada vez.
No vengo a convencer a nadie de nada. Soy judío, y lo soy de una manera espiritual más que ritual: no busco que usted se afilie a nada, no voy a pedirle que crea lo que yo creo y no voy a hablarle desde una autoridad que no tengo. Este no es un texto religioso.
Es el intento honesto de explicar, con las herramientas de la razón, algo que la razón sola no me ha alcanzado para explicar.
Escribo para el que está deprimido. Para el que perdió el dinero, el trabajo, la salud o la esperanza. Para el que ha rezado sin respuesta y ya se cansó. Y sobre todo para el que está apretando con todas sus fuerzas algo que se le está deshaciendo entre las manos precisamente por apretarlo.
Si usted es de los que creen que esto es superstición, quédese de todos modos: la parte de Spinoza y la de causa y efecto está escrita pensando en usted.
«There is no place empty of Him.»
Tikunei Zohar · kabbalistic tradition
«The more we understand singular things, the more we understand God.»
Baruch Spinoza · Ethics, Part V, Proposition XXIV
To Antonio, because identity outlasts time and because he learned to be cause and not effect.
I have never written about this. I have spent years publishing dockets, figures, complaints and geopolitical analysis, and in all that time I have not devoted a single line to the only thing that has held my life together when everything else collapsed.
I write it now for a simple reason: a few days ago I received one of the best pieces of news I have had in years, and it came exactly after letting go of control completely. Again. As every time.
I am not here to convince anyone of anything. I am Jewish, and I am so in a spiritual rather than ritual way: I do not want you to join anything, I will not ask you to believe what I believe, and I will not speak to you from an authority I do not hold. This is not a religious text.
It is an honest attempt to explain, with the tools of reason, something reason alone has not been enough for me to explain.
I write for whoever is depressed. For whoever lost the money, the job, the health or the hope. For whoever has prayed without an answer and is tired. And above all for whoever is squeezing something with all their strength that is falling apart in their hands precisely because they are squeezing it.
Nunca había escrito sobre esto. Me formaron para ser rabino y no lo fui, me quitaron todo a los veinticuatro y lo recuperé, y me dijeron que mi hijo no iba a vivir. Este es el intento honesto de explicar con la razón algo que la razón sola no me ha alcanzado para explicar.I had never written about this. I was trained to be a rabbi and never became one, everything was taken from me at twenty-four and I recovered it, and I was told my son would not live.
Simón LevyWashington D.C.1 de agosto de 2026August 1, 2026
Escúchalo narradoListen to the narrationAudio completo3 min sample
0:00 / 3:00
Tenía veinticuatro años cuando me secuestraron y perdí prácticamente todo mi patrimonio. No voy a contar aquí los detalles de esos días porque no son el punto, y porque hay cosas que uno cuenta cuando el cuerpo se lo permite. Lo que importa para este texto empezó unos días después, cuando ya estaba libre y no tenía nada.
Iba caminando por la calle. Una señora que no conocía, que nunca volví a ver y de quien no supe el nombre, se detuvo frente a mí, sacó un escapulario de la Virgen de Guadalupe y me lo puso en la mano. No me pidió dinero. No me explicó nada. Me dijo que lo tuviera conmigo y siguió su camino.
Esa noche me acosté con el escapulario cerrado en el puño. Vivía solo.
Cuando desperté, no estaba. Busqué entre las sábanas, debajo de la almohada, debajo de la cama. Sacudí las cobijas. Revisé el piso de la habitación completa, esa clase de búsqueda meticulosa y un poco desesperada del que sabe que un objeto no puede simplemente desaparecer. No estaba.
Salí a la sala. El escapulario estaba sobre la pantalla de la lámpara. Perfectamente recto. Como si alguien lo hubiera colocado ahí con cuidado.
Y en mi cabeza escuché, con una claridad que no he vuelto a experimentar, un mensaje muy concreto: que en un año iba a recuperar absolutamente todo lo que me habían quitado.
Un año después lo había recuperado todo.
La lámpara. Es el único objeto de este ensayo que puedo señalar con el dedo, y sigo sin poder explicarlo.
Sé perfectamente cómo suena eso. Yo mismo, si me lo contaran, buscaría la explicación racional. La he buscado durante veinte años. Este ensayo es el resultado de esa búsqueda.
Le voy a pedir algo antes de seguir: no me crea. No necesito que me crea. Lo que le pido es que no cierre la puerta antes de leer el argumento, porque el argumento no es que ocurrió un prodigio sobrenatural. El argumento es más incómodo y más interesante que eso.
Y le debo una confesión de origen. Yo fui formado para ser rabino. Estudié en una de las escuelas judías más religiosas que hay, con todo lo que eso implica: la disciplina del texto, la discusión del texto, la costumbre de que a una pregunta se le responda con otra pregunta mejor.
Soy judío y no he dejado de serlo un solo día. Pero mi judaísmo se volvió con los años más espiritual que ritual: me quedé con la manera de pensar y solté buena parte de la observancia. Me quedé con la pregunta, con la discusión, con la idea de que el texto se estudia toda la vida y nunca termina de decir lo que dice. Y me quedé, sobre todo, con la cábala.
Después leí el Nuevo Testamento. Leí el Corán. Leí encíclicas papales. Leí Camino, de José María Escrivá de Balaguer. Estudié cábala desde los veinticuatro años y me metí en el Zóhar. Y leí, sobre todo, a Baruch Spinoza, que fue expulsado de su propia comunidad judía por decir en el siglo diecisiete algo que a mí me ordenó la cabeza en el veintiuno.
No leí todo eso para armar una religión a la medida ni para irme de la mía. Lo leí porque en todas partes encontré la misma intuición dicha con distintas palabras, y porque tengo la manía de no confiar en una idea hasta haberla visto formulada por gente que no se conoció entre sí, separada por siglos y por idiomas. Se puede estar firmemente parado en una tradición y leerlo todo. De hecho, es la única forma seria de estar parado en una tradición.
Lo que sigue es lo que saqué en limpio de todo eso, más lo que me enseñó la vida a golpes: qué es un milagro cuando uno le quita el disfraz mágico, por qué la mente fabrica realidad de una manera que la física todavía no explica del todo, qué tienen de razón los ateos, y cuál es la única fórmula que en mi experiencia funciona.
I was twenty-four when I was kidnapped and lost virtually everything I owned. I will not recount the details of those days here, because they are not the point. What matters for this text began a few days later, when I was free and had nothing.
I was walking down the street. A woman I did not know, whom I never saw again and whose name I never learned, stopped in front of me, took out a scapular of the Virgin of Guadalupe and placed it in my hand. She asked for no money. She explained nothing. She told me to keep it with me and walked on.
That night I went to bed with the scapular closed in my fist. I lived alone.
When I woke up, it was gone. I searched the sheets, under the pillow, under the bed. I shook out the blankets. I checked the entire bedroom floor, that meticulous and slightly desperate search of someone who knows an object cannot simply vanish. It was not there.
I walked out to the living room. The scapular was resting on the lampshade. Perfectly straight. As if someone had placed it there carefully.
And in my head I heard, with a clarity I have never experienced again, a very concrete message: that within a year I would recover absolutely everything that had been taken from me.
A year later I had recovered all of it.
I know exactly how that sounds. If someone told me this, I would look for the rational explanation. I have been looking for twenty years. This essay is the result of that search.
Let me ask one thing before we continue: do not believe me. I do not need you to. What I ask is that you not close the door before reading the argument, because the argument is not that a supernatural prodigy occurred. The argument is more uncomfortable and more interesting than that.
And I owe you a confession of origin. I was trained to be a rabbi. I studied at one of the most religious Jewish schools there is, with everything that implies: the discipline of the text, the argument over the text, the habit of answering a question with a better question.
I am Jewish and have not stopped being so for a single day. But over the years my Judaism became more spiritual than ritual: I kept the way of thinking and let go of much of the observance.
Later I read the New Testament. I read the Quran. I read papal encyclicals. I read The Way, by José María Escrivá de Balaguer. I studied Kabbalah from the age of twenty-four and went into the Zohar. And above all I read Baruch Spinoza, expelled from his own Jewish community in the seventeenth century for saying something that ordered my mind in the twenty-first.
◆◆◆
El niño de tres años
Tenía treinta y cuatro años cuando mi hijo, que entonces tenía tres, estuvo a punto de morir.
No voy a describir los diagnósticos. Quien ha estado en un pasillo de hospital esperando que alguien con bata salga a decirle algo sabe que ese pasillo no se describe, se sobrevive. Lo único que hace falta saber es que los pronósticos que recibimos eran de los que no dejan espacio para la esperanza razonable, y que los médicos, que hicieron todo y a quienes les debo lo que no se paga, nos prepararon para lo peor.
Mi hijo vivió.
Y aquí es donde tengo que ser muy cuidadoso, porque es exactamente el punto donde un texto como este se puede volver deshonesto. No voy a decir que mi hijo vivió porque yo recé y el hijo de otro murió porque su padre no rezó lo suficiente. Eso sería monstruoso, sería falso, y sería un insulto a cada padre que ha enterrado a un niño rezando más que yo. Si algo aprendí en ese pasillo es que la fe no es una moneda con la que se compran resultados, y que quien la vende así está estafando a gente desesperada.
Lo que sí puedo decir es lo que me ocurrió a mí, por dentro, en ese pasillo. Y ocurrió esto: llegó un momento, después de haber hecho absolutamente todo lo humanamente posible, en que entendí con una claridad física que ya no había nada más que yo pudiera hacer. Ni un médico más que consultar. Ni un traslado más que gestionar. Ni una llamada más que hacer a las tres de la mañana.
Y ahí, en ese punto exacto donde se acaba lo humano, solté.
No solté de resignación. Solté de entrega. Que son dos cosas absolutamente distintas y que casi nadie distingue. La resignación dice: no se puede, me rindo. La entrega dice: hice todo, y lo que sigue no me corresponde a mí.
Hay una diferencia enorme entre soltar porque ya no te importa y soltar porque ya hiciste todo. Lo primero es abandono. Lo segundo, en mi experiencia, es la única puerta que se abre.
Qué es un milagro cuando se le quita el disfraz
Le debo una definición, porque la palabra está tan gastada que ya no significa nada.
La versión popular dice que un milagro es la suspensión de una ley natural. Que el agua se detiene, que la gravedad se apaga por un momento. Yo no creo en eso, y le voy a explicar por qué mi definición me parece más difícil de refutar y no más fácil.
Para mí un milagro es la convergencia de causas que ninguna mente humana podía haber ordenado, en un momento que ninguna mente humana podía haber elegido, produciendo un resultado que era estadísticamente improbable y biográficamente necesario.
Desármelo conmigo, parte por parte, porque cada palabra está puesta a propósito.
Convergencia de causas. No hay ruptura de la naturaleza. Todo lo que ocurre sigue funcionando exactamente como la física dice que funciona. Lo extraordinario no es que una ley se rompa: es que un número enorme de cadenas causales independientes coincidan en un punto.
Que ninguna mente humana podía haber ordenado. Aquí está el filo. Yo no puedo hacer que una señora que no conozco salga de su casa ese día, a esa hora, con un escapulario en la bolsa, y decida dármelo a mí y no a otro. Esa cadena no pasa por mi voluntad en ningún punto.
Estadísticamente improbable y biográficamente necesario. Y esta es la parte que a mí me desarma. Los coincidencias ocurren todo el tiempo, de acuerdo. Pero las coincidencias azarosas son indiferentes: no significan nada, no llegan en el momento en que uno se quiebra, y no traen instrucciones. Lo que a mí me pasó no fue improbable nada más. Fue improbable y además exactamente pertinente.
Lo que tienen de razón los ateos
Ahora la parte que este tipo de textos casi nunca incluye, y sin la cual todo lo demás no vale nada.
Los argumentos ateos y agnósticos contra lo que acabo de contar son buenos. No son tontos, no son superficiales, y quien los descarte con un gesto de la mano está haciendo trampa. Los conozco bien porque me los he hecho yo mismo durante veinte años, a las tres de la mañana, que es cuando uno discute en serio consigo mismo.
El primero es el sesgo de supervivencia. Yo escribo este ensayo porque mi hijo vivió y porque recuperé lo que perdí. Los que rezaron igual que yo y perdieron a su hijo no están escribiendo ensayos: están en silencio. Si solo escuchamos a los que ganaron, vamos a concluir que rezar funciona, igual que si solo entrevistamos a los millonarios vamos a concluir que arriesgarlo todo funciona. Es una objeción demoledora y no tengo una refutación limpia. Solo tengo esto: yo no afirmo que la fe produce resultados. Afirmo que a mí me sostuvo mientras los resultados se decidían.
El segundo es el sesgo de confirmación. La mente humana es una máquina de encontrar patrones, y encuentra patrones incluso donde no los hay. Yo recuerdo el escapulario sobre la lámpara con una nitidez absoluta. ¿Recuerdo con la misma nitidez las cien veces que pedí algo y no pasó nada? Honestamente, no. Nadie las recuerda. Ese es el punto de la objeción y es válido.
El tercero es el argumento del dolor, que es el más serio de todos y el más antiguo. Si hay una inteligencia superior y es buena, ¿por qué el niño de la cama de al lado? ¿Por qué Auschwitz? A esa pregunta no le voy a dar un párrafo. Le voy a dar un capítulo entero más adelante, porque es la única objeción que puede tumbar todo lo que estoy diciendo, y porque a mí me tocó de cerca.
Y el cuarto, el más elegante: la navaja de Ockham. Entre dos explicaciones, la más simple suele ser la correcta. ¿Es más simple que el escapulario se me haya caído, lo haya pateado dormido y haya quedado por casualidad sobre la lámpara, o que una inteligencia universal me haya dejado una señal? La primera, sin duda alguna.
Le concedo las cuatro. Todas. Y aun así estoy aquí escribiendo esto, y le voy a explicar por qué.
Porque el ateísmo explica muy bien por qué mis experiencias podrían no significar nada. Lo que no explica es por qué, cuando las viví como si significaran algo, mi vida cambió de dirección.
La pregunta que puede tumbar todo este ensayo
Aquí está la objeción que ninguna teología ha resuelto en tres mil años, y la voy a formular en su versión más dura, sin suavizarla, porque suavizarla sería hacer trampa.
Si existe una inteligencia superior y es buena, ¿por qué el Holocausto? ¿Por qué un millón y medio de niños asesinados de manera industrial? ¿Por qué el niño de la cama de al lado en ese hospital, cuyo padre rezó exactamente lo mismo que yo? ¿Por qué el terremoto que se lleva a los que dormían, sin distinguir entre justos y no justos?
Y le debo aquí una nota personal, porque cambia el peso de lo que voy a escribir. Yo soy judío y me formé en una escuela judía religiosa. La Shoá no es para mí un ejemplo filosófico que se saca en una discusión de café. Es la herida en el centro de mi propia casa. Cualquier cosa que yo diga sobre este tema tiene que poder decirse frente a un sobreviviente sin que le insulte la memoria. Ese es el filtro con el que escribí lo que sigue.
Primero, lo que no voy a decir
Antes de dar mi respuesta necesito descartar tres respuestas que se dan todo el tiempo y que me parecen indefendibles.
No voy a decir que el Holocausto tuvo un propósito bueno. No lo tuvo. No hay un bien mayor que justifique una cámara de gas, y quien construya un argumento que termine justificándola está construyendo un argumento monstruoso, por muy elegante que le quede la lógica. Si mi tesis obligara a decir que Auschwitz fue necesario para algo, yo abandonaría mi tesis, no la memoria de los muertos.
No voy a decir que fue un castigo. Esa idea, que algunos han sostenido incluso desde dentro de mi propia tradición, me parece la peor forma de teología: le echa la culpa a la víctima para salvarle la reputación a Dios. Es indigna.
Y no voy a decir que las víctimas no rezaron bien. Rezaron. Muchos rezaron hasta el último instante, con más fe de la que yo he tenido en toda mi vida. Cualquier explicación que dependa de la calidad de la oración de la víctima está descalificada de origen.
Descartado eso, queda muy poco espacio. Y en ese poco espacio está lo que sí creo.
Lo primero: eso no lo hizo Dios. Lo hicieron hombres
Empiezo por lo más simple y lo que menos se dice, porque de tan obvio se salta.
El Holocausto no fue un fenómeno natural. No fue un rayo. Fue diseñado por seres humanos, votado por seres humanos, financiado por seres humanos, ejecutado por seres humanos con nombre y apellido, y consentido por millones de seres humanos que miraron hacia otro lado. Cada eslabón de esa cadena fue una decisión libre de una persona.
Y aquí aparece el precio del que casi nadie quiere hablar: un universo donde el hombre puede elegir el bien es necesariamente un universo donde el hombre puede elegir el mal. No hay manera de tener lo uno sin lo otro. Una libertad que solo permite elegir correctamente no es libertad: es un mecanismo.
Quien pregunta por qué Dios no impidió Auschwitz está pidiendo, sin darse cuenta, un mundo donde el ser humano no pueda decidir. Y ese mundo, además de no ser el nuestro, sería un mundo sin dignidad humana, porque la dignidad consiste precisamente en poder elegir mal y no hacerlo.
Sé que esta respuesta no consuela. No pretende consolar. Solo señala dónde está puesta la responsabilidad, y no está puesta arriba.
El tzimtzum: la contracción
El tzimtzum: para que el mundo pudiera existir, la luz se retiró de una porción de sí misma y dejó un vacío deliberado. En ese hueco cabemos nosotros, y con nosotros todo lo que podemos hacer.
Y ahora la pieza que viene de mi propia tradición, de la cábala que estudio desde los veinticuatro años, y que para mí es la explicación más honda que he encontrado en cualquier parte.
Isaac Luria, el cabalista de Safed del siglo dieciséis, planteó una pregunta que parece de niño y es abismal: si Dios lo ocupa todo, ¿dónde cabe el mundo? Si la sustancia divina es infinita y llena absolutamente todo el espacio posible, entonces no hay lugar para que exista nada más.
Y su respuesta fue el tzimtzum: la contracción. Para que el mundo pudiera existir, Dios se retiró de una porción de sí mismo. Hizo un vacío deliberado. Se limitó a propósito para dejar sitio a algo que no fuera Él.
Deténgase en la magnitud de esa idea, porque le da vuelta a todo. El acto fundacional del universo no es una demostración de poder. Es una renuncia al poder. Dios no crea el mundo llenándolo, lo crea retirándose. Y el espacio que queda vacío es exactamente el espacio donde el ser humano es libre y donde, por lo tanto, el horror es posible.
Después de la Shoá, el filósofo Hans Jonas retomó esa intuición para responder a la pregunta que estamos haciendo, y llegó a una conclusión de una tristeza enorme y de una coherencia perfecta: si Dios se contrajo para darnos libertad, entonces durante Auschwitz Dios no era el que podía intervenir y no quiso. Era el que ya había renunciado a intervenir, y estaba en la cámara, sufriendo con los que sufrían.
Uno puede aceptar o no esa lectura. Yo la sostengo. Y noto algo que me parece decisivo: es la única respuesta que no le echa la culpa a la víctima ni le inventa un propósito al crimen.
El argumento del fragmento
Juzgamos el orden completo del universo desde un fragmento del tamaño de una vida. No es humildad decirlo: es aritmética.
Y llego por fin a lo que constituye mi respuesta propia, la que he armado en veinte años y que ahora sí puedo formular con precisión.
Creo que existe una inteligencia superior que ordena las cosas hacia el bien más alto en el tiempo, el modo, el lugar y las circunstancias exactas, y que la mente humana es estructuralmente incapaz de verificar ese orden desde adentro.
No incapaz por ignorancia, que se corregiría estudiando. Incapaz por estructura, del mismo modo que un ojo no puede verse a sí mismo sin un espejo.
Le doy la razón por la que sostengo esto, y no es un acto de fe: es una observación sobre los límites del punto de observación.
Cada uno de nosotros evalúa el universo desde un fragmento minúsculo. Vemos unas décadas de un proceso que lleva miles de millones de años. Vemos nuestra vida y las de un puñado de personas, de una especie, en un planeta. Y desde ese fragmento emitimos un veredicto sobre la totalidad: esto está mal ordenado.
Piense en lo que exige ese veredicto. Exige saber cuáles habrían sido las consecuencias de que las cosas hubieran ocurrido de otro modo, a lo largo de todo el tiempo y sobre todas las personas afectadas. Nadie tiene esa información. Ni siquiera tenemos la información de nuestra propia vida.
Y de eso último sí tengo evidencia de primera mano, y es lo que me convenció. Yo he pedido cosas con toda mi alma que, de habérmelas concedido, me habrían destruido. He llorado durante meses puertas que se cerraron y que hoy sé, con certeza absoluta, que eran trampas. Me quitaron todo a los veinticuatro años y ese despojo me construyó el carácter con el que después sostuve el pasillo del hospital a los treinta y cuatro.
Si en el fragmento pequeñito de mi propia biografía yo me equivoqué sistemáticamente al juzgar qué era bueno para mí, ¿con qué autoridad juzgo el orden completo del universo?
No digo que el sufrimiento sea bueno. Digo que mi juicio sobre el sufrimiento se emite desde un fragmento tan pequeño que no alcanza para condenar el todo. Esas dos frases parecen la misma y no lo son.
Por qué el bien más alto no es el bienestar
Hay una confusión de vocabulario en el fondo de toda esta discusión, y aclararla resuelve más de lo que parece.
Cuando preguntamos por qué Dios permite el mal, casi siempre estamos midiendo el bien como ausencia de dolor personal. Un universo bueno sería, en esa medida, un universo donde a mí no me pasan cosas malas.
Pero ese no es el bien del que habla ninguna tradición seria, ni la judía, ni la cristiana, ni la estoica, ni Spinoza. El bien más alto no es mi comodidad. Es la plenitud del orden completo, que incluye a otros, incluye lo que viene después de mí, e incluye cosas que yo no puedo medir porque no las voy a ver.
Y aquí Spinoza vuelve a ser implacable. Para él, bueno y malo no son propiedades de las cosas: son juicios que emitimos según nos convienen o no. La tormenta no es mala. Es mala para el que va en el barco. El universo no está mal ordenado: está ordenado según un criterio que no es el de mi conservación individual, y ahí está toda la diferencia.
Viktor Frankl, que sobrevivió a Auschwitz y era psiquiatra, formuló la consecuencia práctica mejor que nadie: no podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí lo que hacemos con lo que nos ocurre. Y observó algo que solo puede decir alguien que estuvo dentro: los que sobrevivían no eran los más fuertes, sino los que conservaban un para qué. El sentido no se recibe explicado, se construye respondiendo.
La objeción a mi propia respuesta
Y ahora, para no hacer lo que critico, le doy la contra de todo lo que acabo de escribir.
Mi argumento tiene un defecto lógico grave: es infalsable. Si todo lo bueno es prueba del orden divino y todo lo malo es prueba de que no entiendo el orden divino, entonces mi tesis no puede ser refutada por ninguna observación posible. Y una tesis que ninguna evidencia puede refutar no es una tesis científica: es una postura.
Lo acepto sin regatear. Esto no es ciencia y no pretendo que lo sea. Es la forma en que yo he decidido pararme frente a hechos que la ciencia describe pero no interpreta.
Y hay una segunda objeción, más grave todavía, que es moral: este argumento se puede usar para callar a la gente que sufre. "Todo tiene un propósito" es una de las frases más crueles que se le pueden decir a una madre que acaba de enterrar a un hijo. Lo he visto. La frase, dicha por el que no está sufriendo al que sí, es una forma de pedirle al doliente que se calle para que el que mira esté tranquilo.
Por eso pongo un límite explícito y le pido que lo respete si algo de este ensayo le sirvió. Todo lo que acabo de escribir es de uso interno. Sirve para ordenar el propio dolor, no para administrar el ajeno. Frente al dolor de otro no se explica nada: se acompaña, se calla y se sostiene. La única teología admisible junto a una cama de hospital es una mano y una silla.
Lo que sí puedo sostener
Entonces, después de descartar todo lo indefendible y de conceder todas las objeciones, ¿qué queda?
Queda esto, y es lo único que afirmo.
Que el mal que los hombres hacen es de los hombres, y que la libertad que lo hace posible es la misma que nos hace dignos.
Que hay un orden cuya lógica excede mi capacidad de cálculo, y que la incapacidad de verlo no es prueba de que no exista, del mismo modo que un pez no tiene manera de concebir el océano completo y el océano existe igual.
Que ese orden opera en un tiempo, un modo, un lugar y unas circunstancias que no coinciden con mi calendario, y que casi todo mi sufrimiento evitable ha venido de exigir que coincidan.
Y que la única evidencia que puedo ofrecer es una sola vida, la mía, en la que cada cosa que juzgué como catástrofe resultó ser, vista desde más lejos, la puerta exacta.
No creo que Dios permita el horror. Creo que Dios se retiró para que existiéramos, y que en ese espacio vacío cabe lo más alto y lo más bajo que puede hacer un ser humano. Lo que ocurra ahí no lo decide el cielo. Lo decidimos nosotros, todos los días, y por eso importa tanto lo que cada uno hace con su pedazo.
Spinoza, o el Dios que no tiene barba
Aquí es donde tengo que hablar del pensador que me ordenó la cabeza, porque sin él este ensayo sería fe sin arquitectura.
Baruch Spinoza fue un filósofo judío de Ámsterdam, del siglo diecisiete, expulsado de su comunidad con una de las excomuniones más duras que se han escrito. Lo expulsaron por sostener algo que hoy suena moderno y entonces sonaba peligroso: que Dios no es un señor que vive fuera del universo y lo administra desde afuera, sino que Dios es el universo mismo, la sustancia única de la que todo lo demás es una modificación.
Spinoza construyó su Ética como un tratado de geometría: definiciones, axiomas, proposiciones, demostraciones. Quería llegar a Dios por el mismo camino por el que Euclides llegaba a un triángulo. Esa ambición me marcó más que ninguna otra cosa que haya leído.
Y lo que se sigue de ahí cambia todo. Si Dios es la sustancia de la que todo está hecho, entonces:
Preguntar si Dios existe es como preguntar si existe la existencia. Dios no es una entidad más dentro del inventario del universo, junto a las galaxias y los electrones. Es aquello de lo que el inventario está hecho.
Y de ahí se sigue algo todavía más incómodo para el ateo militante y para el creyente literal al mismo tiempo: no hay milagros en el sentido de violación de la naturaleza, porque la naturaleza es la manifestación de Dios y Dios no se contradice a sí mismo. Lo que hay son órdenes de causalidad que exceden por completo mi capacidad de cálculo.
Cuando Einstein dijo aquello de que creía en el Dios de Spinoza, no estaba haciendo una concesión diplomática a los religiosos. Estaba diciendo algo preciso: que el orden del universo es inteligible, que esa inteligibilidad es asombrosa, y que llamarle Dios a esa inteligibilidad no es una superstición sino un nombre.
Por qué no creo en el pecado, pero sí en la causa y el efecto
De Spinoza y de la cábala saqué lo mismo por dos caminos distintos, y es lo que sostiene mi ética.
No creo en el pecado original. No creo que un bebé llegue al mundo cargando una deuda por algo que hicieron dos personas en un jardín. Esa idea me parece, además de injusta, teológicamente perezosa: es una explicación del mal que ahorra el trabajo de mirar el mal de frente.
Lo que sí creo, con una convicción absoluta y sin nada de místico, es en la causa y el efecto. Que todo lo que uno hace regresa. No como castigo administrado por un juez, sino como consecuencia estructural, del mismo modo que una piedra que se lanza al agua produce ondas sin que nadie las castigue.
Y mi tradición añade una capa que la física todavía no toca: que la palabra es causa. Que lo que uno dice no describe la realidad, la construye. En la tradición que estudié, el mundo no se hace con manos sino con habla: se dice y entonces es. Y uno puede desechar eso como poesía antigua, pero después uno vive lo suficiente y observa a la gente, y descubre que el hombre que lleva veinte años diciendo que nada le sale bien tiene una vida asombrosamente parecida a esa frase.
La mente que fabrica el mundo
Aquí entramos en lo que a mí me parece la parte más sólida de todo el argumento, porque es la única que se puede discutir con datos.
La medicina lleva décadas documentando el efecto placebo: pacientes que mejoran de manera medible con una sustancia inerte, simplemente porque creen que están recibiendo tratamiento. Y el efecto nocebo, su gemelo oscuro: pacientes que empeoran porque creen que algo les va a hacer daño. Nadie discute esto. Está en los protocolos de todo ensayo clínico serio, precisamente porque hay que descontarlo.
Deténgase un segundo en lo que eso significa, porque la costumbre nos impide verlo. Significa que una creencia, que es un fenómeno mental, produce cambios físicos medibles en un cuerpo. No metafóricos. Medibles. La expectativa se convierte en química.
Ahora bien, quiero ser riguroso y no llevarlo más lejos de donde llega. El placebo no cura un tumor porque uno piense bonito, y quien le diga eso a un enfermo le está haciendo daño. Pero establece un principio que no es negociable: la frontera entre lo que la mente cree y lo que el cuerpo hace es mucho más porosa de lo que el sentido común supone.
Y si eso es cierto hacia adentro del cuerpo, mi pregunta honesta, que dejo abierta porque no la puedo demostrar, es qué tanto lo es hacia afuera. Porque de lo que no tengo ninguna duda es de que el estado interior de una persona modifica sistemáticamente el mundo que la rodea, aunque sea por la vía más terrenal de todas: el que se sabe derrotado no ve la puerta que está abierta, no hace la llamada, no insiste el día que había que insistir, y llega tarde a su propia oportunidad.
No hace falta creer en nada sobrenatural para aceptar esto: quien vive en el miedo produce, sin darse cuenta, un mundo que se parece al miedo. La metafísica empieza siendo, cuando menos, una descripción muy exacta de la conducta.
La fórmula
Y ahora sí, lo único que este ensayo tiene de manual. Es sencillo, tiene dos movimientos, y el segundo no funciona sin el primero.
Movimiento uno: hacer absolutamente todo lo humanamente posible.
Todo. Sin atajos, sin autoengaño y sin la trampa de decir que uno hizo lo que pudo cuando en realidad hizo lo que le fue cómodo. Cada llamada. Cada gestión. Cada puerta. Cada abogado, cada médico, cada documento, cada persona a la que hay que buscar aunque dé vergüenza buscarla. La entrega espiritual sin trabajo humano no es fe: es pereza con vocabulario religioso, y esa confusión ha arruinado más vidas que el ateísmo.
Mi tradición es muy clara en esto: primero se ara el campo, después se pide lluvia. Nunca al revés. Y quien pide lluvia sobre un campo que no aró no está teniendo fe, está esperando un premio que no le toca.
Movimiento dos: soltar el control por completo.
Cuando ya no queda ni una sola cosa humana por hacer, entregar el resultado. Y aquí viene la parte difícil, la que me tomó años entender: soltar no es una técnica para conseguir el resultado. Si usted suelta para que funcione, no soltó: negoció. Y no funciona. Lo sé porque lo intenté muchas veces.
Soltar de verdad es aceptar cualquier desenlace. Incluido el que no quiere. Es decir, con todas las letras: hice todo, y si lo que viene no es lo que pedí, lo voy a poder sostener igual.
Y hay una razón por la que esto funciona incluso para el más ateo de mis lectores, y no tiene nada de místico. La ansiedad del control consume una cantidad brutal de recursos mentales. El que aprieta, se agota, se obsesiona, pierde perspectiva, insiste donde no debía y no ve la salida lateral. El que suelta después de haber trabajado recupera claridad, y con claridad se toman mejores decisiones. Si usted no cree en nada superior, quédese con esta versión: sigue siendo verdad.
Lo que el control destruye
Quiero detenerme aquí porque es, de todo lo que he vivido, lo que más me ha costado y lo que con más urgencia le quiero decir.
El control es la forma más elegante que tiene el miedo de disfrazarse de responsabilidad.
Cuando uno exige que las cosas ocurran en su tiempo y en sus términos, no está siendo diligente: está apostando toda su paz a que el universo se ajuste a un calendario que uno inventó, con información parcial, desde el pánico. Y cuando el universo no se ajusta, y nunca se ajusta, uno concluye que fracasó. No fracasó. Simplemente puso la meta en el lugar equivocado.
He visto a personas destruir su salud, su matrimonio y su carácter apretando algo que iba a llegar de todos modos, solo que tres meses después de la fecha que ellos habían decidido. He visto gente rechazar la puerta que estaba abierta porque estaba mirando fijamente la que se había cerrado. Y yo he sido esa persona más veces de las que quiero admitir.
Cada vez que en mi vida ha ocurrido algo que llamo milagro, la secuencia fue idéntica: trabajo obsesivo, agotamiento total, rendición, y después el desenlace. Nunca, ni una sola vez, ha llegado mientras yo seguía apretando.
Y no es magia. Yo creo que es simplemente que mientras uno aprieta no cabe nada más. La mano cerrada sirve para sostener, pero no puede recibir. Para recibir hay que abrirla, y abrirla siempre da miedo porque implica el riesgo de que se caiga lo que uno traía.
Para el que está deprimido
Esta parte es la razón por la que escribí el texto completo, así que le pido dos minutos de atención especial.
Yo he estado profundamente deprimido. Más de una vez. No con el uso coloquial de la palabra, sino con el otro: el de no poder levantarse, el de que la vida pierda color, el de que uno no sepa nombrar lo que le duele porque no duele en ninguna parte concreta.
Y lo que a mí me sacó, cada vez, fue reconectar con la idea de que hay un orden que no depende de mí. Lo digo tal cual, sin adornarlo.
Pero le debo algo más, y sería irresponsable no decirlo. Si usted está en ese lugar ahora mismo, busque también ayuda profesional. La fe y la terapia no compiten: la depresión clínica es una enfermedad y tiene tratamiento, y creer en algo superior no exime de ir al médico, exactamente igual que no exime de arar el campo. Yo he hecho las dos cosas. El que le diga que rezar es suficiente le está pidiendo que renuncie a una de las dos manos con las que puede salir. Pedir ayuda no es falta de fe. Es la primera forma de arar el campo.
Dicho eso, esto es lo que le puedo ofrecer desde mi experiencia.
Si usted perdió la fe, no le voy a pedir que la recupere de golpe. Le voy a proponer algo mucho más pequeño: no crea en Dios. Crea, para empezar, en que usted no lo controla todo. Eso solo, esa sola frase aceptada de verdad, quita una cantidad de peso que usted no imagina. Porque buena parte del sufrimiento no viene de lo que pasó, sino de la exigencia interna de que uno debió haberlo evitado.
Y si me permite ir un paso más allá: en mi tradición se dice que el hombre fue hecho a imagen y semejanza. Nunca lo entendí como un parecido físico, que sería absurdo. Lo entiendo como que hay algo de esa sustancia universal en usted, ahora mismo, incluso en el peor día que ha tenido.
Y de ahí se sigue lo único que me atrevo a predicar: si eso es cierto, entonces despreciarse es una forma de blasfemia. La dignidad no empieza en el respeto a los demás. Empieza en el respeto a uno mismo, porque el que no puede ver lo sagrado en sí mismo es incapaz de verlo en otro. La tolerancia no se enseña, se contagia desde el amor propio.
El destino es más sabio que los deseos
Llego al final, y llego con la frase que más he repetido en mi vida y la que me ha costado más caro aprender.
El destino es más sabio que los deseos.
Yo he deseado cosas con toda mi alma que, de haberlas obtenido, me habrían arruinado. He rogado por puertas que hoy agradezco de rodillas que se hayan cerrado. He llorado pérdidas que resultaron ser la condición exacta de lo que vino después. Y no lo digo desde la comodidad del que ya llegó: lo digo con la memoria intacta de lo que se siente estar del otro lado, cuando todavía no se entiende nada y solo duele.
Y fíjese que esa frase, que parece de consuelo barato, es en realidad la conclusión de todo lo que discutimos en el capítulo más difícil de este ensayo. Si mi juicio sobre lo que me conviene falla sistemáticamente dentro del fragmento diminuto de mi propia vida, entonces la exigencia de que el universo entero se ajuste a mi criterio no es fe puesta a prueba: es una desproporción.
El destino no es más sabio porque sea amable. A veces es brutal. Es más sabio porque opera en una escala de tiempo, de modo, de lugar y de circunstancia que no cabe en mi cabeza, y porque persigue un bien que no está calibrado en la unidad de medida de mi comodidad personal. Aceptar eso no me quitó el dolor. Me quitó la obligación imposible de entenderlo todo antes de poder seguir caminando.
Y por eso vuelvo siempre a la oración de la serenidad, esa que pide serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar, valor para cambiar lo que sí, y sabiduría para distinguir la diferencia. Yo la aprendí atribuida a San Francisco de Asís y así la llevé conmigo muchos años; después supe que su formulación documentada es de un teólogo del siglo veinte, Reinhold Niebuhr. Lo anoto porque me parece que un texto sobre la verdad debe cuidar hasta sus notas al pie, y porque en el fondo confirma la tesis: la sabiduría no tiene una sola dirección postal.
Esa oración es, en tres líneas, todo lo que he tratado de explicar en este ensayo. Valor para el movimiento uno. Serenidad para el movimiento dos. Y sabiduría, que es lo más difícil, para saber en cuál de los dos está uno parado.
Hace unos días recibí una de las mejores noticias que he tenido en años. Llegó después de meses de trabajo obsesivo y de un momento en que, agotado, dejé de exigirle al mundo que se moviera a mi ritmo. Llegó tarde según mi calendario. Llegó exacta según el otro.
No le pido que crea en Dios. Le pido que considere la posibilidad de que usted no es el autor del guion completo, y que eso, lejos de ser una humillación, es la mejor noticia que va a recibir hoy: significa que no todo depende de que usted no se equivoque.
Me formaron para ser rabino y no lo fui. Me quitaron todo a los veinticuatro y lo recuperé. Me dijeron que mi hijo no iba a vivir y hoy lo veo crecer. Yo no puedo demostrarle a usted que Dios existe. Lo único que puedo decirle, con todo lo que he visto y todo lo que he perdido, es que mi vida entera, mirada desde aquí, es un milagro. Y que cada vez que abrí la mano, el universo puso algo en ella.
The three-year-old
I was thirty-four when my son, then three, nearly died.
I will not describe the diagnoses. Anyone who has waited in a hospital corridor for someone in a white coat to come out and say something knows that corridor is not described, it is survived. All you need to know is that the prognoses we received left no room for reasonable hope.
My son lived.
And here I must be very careful, because this is exactly where a text like this can turn dishonest. I will not say my son lived because I prayed and someone else's died because his father did not pray enough. That would be monstrous, false, and an insult to every parent who has buried a child while praying harder than I did.
What I can say is what happened inside me in that corridor. A moment came, after having done absolutely everything humanly possible, when I understood with physical clarity that there was nothing left that I could do.
And there, at that exact point where the human runs out, I let go.
I did not let go out of resignation. I let go out of surrender. Two entirely different things. Resignation says: it cannot be done, I give up. Surrender says: I did everything, and what follows is not mine to carry.
There is an enormous difference between letting go because you stopped caring and letting go because you already did everything. The first is abandonment. The second, in my experience, is the only door that opens.
What a miracle is, stripped of its costume
The popular version says a miracle is the suspension of a natural law. I do not believe that, and my definition is harder to refute, not easier.
For me a miracle is the convergence of causes no human mind could have arranged, at a moment no human mind could have chosen, producing an outcome that was statistically improbable and biographically necessary.
No rupture of nature. Everything keeps working exactly as physics says. What is extraordinary is not that a law breaks: it is that an enormous number of independent causal chains coincide at one point. I cannot make a stranger leave her house that day, at that hour, with a scapular in her bag, and decide to give it to me. That chain passes through my will at no point.
What the atheists get right
The atheist and agnostic arguments against what I have told you are good. I know them well because I have made them to myself for twenty years at three in the morning.
Survivorship bias. I write this because my son lived. Those who prayed as I did and lost their child are not writing essays: they are silent. It is a devastating objection and I have no clean refutation. I only have this: I do not claim faith produces results. I claim it held me while the results were being decided.
Confirmation bias. I remember the scapular on the lamp with absolute clarity. Do I remember with equal clarity the hundred times I asked for something and nothing happened? Honestly, no.
The argument from pain, the most serious of all. If there is a superior intelligence and it is good, why the child in the next bed? Why Auschwitz? I will not give that question a paragraph. I will give it an entire chapter below.
Ockham's razor. Is it simpler that the scapular fell, I kicked it in my sleep and it happened to land on the lamp, or that a universal intelligence left me a sign? The first, without question.
Atheism explains very well why my experiences might mean nothing. What it does not explain is why, when I lived them as if they meant something, my life changed direction.
The question that can bring this whole essay down
Here is the objection no theology has resolved in three thousand years, and I will state it in its hardest form.
If a superior intelligence exists and is good, why the Holocaust? Why a million and a half children murdered industrially? Why the child in the next hospital bed, whose father prayed exactly as I did?
And I owe a personal note. I am Jewish and I was raised in a religious Jewish school. The Shoah is not a philosophical example for me. It is the wound at the center of my own house. Anything I say about this must be sayable in front of a survivor without insulting their memory.
First, what I will not say
I will not say the Holocaust had a good purpose. It did not. If my thesis required saying Auschwitz was necessary for something, I would abandon my thesis, not the memory of the dead.
I will not say it was punishment. That blames the victim to save God's reputation. It is unworthy.
And I will not say the victims prayed badly. They prayed, many to the last instant, with more faith than I have had in my life.
That was not done by God. It was done by men
The Holocaust was not a natural phenomenon. It was designed, voted, financed and executed by human beings with names, and consented to by millions who looked away. Every link in that chain was a free decision by a person.
A universe where man can choose good is necessarily a universe where man can choose evil. A freedom that only permits choosing correctly is not freedom: it is a mechanism. Whoever asks why God did not prevent Auschwitz is asking, without realizing, for a world where human beings cannot decide.
Tzimtzum: the contraction
Tzimtzum: for the world to exist, the light withdrew from a portion of itself and left a deliberate void.
Isaac Luria, the sixteenth-century kabbalist of Safed, asked a question that sounds childlike and is abyssal: if God fills everything, where does the world fit?
His answer was tzimtzum: contraction. For the world to exist, God withdrew from a portion of Himself. He made a deliberate void. He limited Himself on purpose to leave room for something that was not Him.
The founding act of the universe is not a demonstration of power. It is a renunciation of power. And the space left empty is exactly where human beings are free, and therefore where horror becomes possible.
After the Shoah, Hans Jonas took up that intuition: if God contracted to give us freedom, then during Auschwitz God was not the one who could intervene and chose not to. He was the one who had already renounced intervening, and was inside the chamber, suffering with those who suffered.
The argument from the fragment
We judge the order of the universe from a fragment the size of one life.
I believe a superior intelligence orders things toward the highest good in the exact time, manner, place and circumstance, and that the human mind is structurally incapable of verifying that order from within.
Not incapable through ignorance, which study would correct. Incapable by structure, as an eye cannot see itself without a mirror.
Each of us evaluates the universe from a minuscule fragment. Decades of a process billions of years long. And from that fragment we issue a verdict on the totality: this is badly ordered. That verdict requires knowing what would have followed had things gone otherwise, across all time and all affected people. Nobody has that information.
If within the tiny fragment of my own biography I systematically misjudged what was good for me, by what authority do I judge the order of the universe?
I am not saying suffering is good. I am saying my judgment about suffering is issued from a fragment so small it does not suffice to condemn the whole. Those two sentences look identical and are not.
Why the highest good is not comfort
When we ask why God permits evil, we almost always measure good as the absence of personal pain. But the highest good is not my comfort. It is the fullness of the complete order, which includes others and what comes after me.
For Spinoza, good and evil are not properties of things: they are judgments we issue according to what suits us. The storm is not evil. It is evil for whoever is on the boat.
Viktor Frankl, who survived Auschwitz, put the practical consequence best: we cannot choose what happens to us, but we can choose what we do with it. Those who survived were not the strongest, but those who kept a why.
The objection to my own answer
My argument has a grave logical defect: it is unfalsifiable. If everything good proves the divine order and everything bad proves I do not understand it, no observation can refute my thesis. I accept that without haggling. This is not science.
And a second, graver objection, a moral one: this argument can be used to silence people who suffer. "Everything has a purpose" is one of the cruelest things you can say to a mother who has just buried a child.
So I set an explicit limit. Everything I have written here is for internal use. It serves to order one's own pain, not to administer someone else's. Before another's grief nothing is explained: you accompany, you stay quiet, you hold. The only admissible theology beside a hospital bed is a hand and a chair.
I do not believe God permits horror. I believe God withdrew so that we could exist, and that in that empty space fits the highest and the lowest a human being can do. What happens there is not decided by heaven. We decide it, every day, and that is why what each of us does with our piece matters so much.
Spinoza, or the God without a beard
Baruch Spinoza was expelled from his Amsterdam community for holding that God is not a gentleman living outside the universe and administering it from without, but the universe itself, the single substance of which everything else is a modification.
He built his Ethics as a treatise of geometry: definitions, axioms, propositions, proofs. He wanted to reach God by the same road Euclid took to a triangle.
If God is the substance everything is made of, then asking whether God exists is like asking whether existence exists. God is not one more entity in the universe's inventory. God is what the inventory is made of.
The mind that manufactures the world
Medicine has documented the placebo effect for decades: patients who measurably improve on an inert substance because they believe they are being treated. And the nocebo effect, its dark twin. Nobody disputes this. It is in the protocol of every serious clinical trial, precisely because it must be subtracted.
It means a belief, a mental phenomenon, produces measurable physical change in a body. Expectation becomes chemistry.
I want to be rigorous and not take it further than it goes. Placebo does not cure a tumor through nice thinking, and telling a sick person otherwise causes harm. But it establishes a non-negotiable principle: the border between what the mind believes and what the body does is far more porous than common sense assumes.
The formula
Movement one: do absolutely everything humanly possible. Every call, every door, every lawyer, every doctor. Spiritual surrender without human work is not faith: it is laziness with religious vocabulary. First you plow the field, then you ask for rain. Never the other way around.
Movement two: let go of control completely. And here is the hard part: letting go is not a technique for getting the result. If you let go so that it works, you did not let go: you negotiated.
And there is a reason this works even for my most atheist reader. The anxiety of control consumes a brutal amount of mental resources. Whoever lets go after having worked recovers clarity, and clarity produces better decisions. If you believe in nothing above, keep this version: it is still true.
For whoever is depressed
I have been deeply depressed. More than once. What pulled me out, every time, was reconnecting with the idea that there is an order that does not depend on me.
But I owe you more, and it would be irresponsible not to say it. If you are in that place right now, also seek professional help. Faith and therapy do not compete: clinical depression is an illness and it has treatment. Asking for help is not a lack of faith. It is the first way of plowing the field.
If you lost your faith, I will not ask you to recover it at once. I propose something smaller: do not believe in God. Believe, to begin with, that you do not control everything.
And one step further: my tradition says man was made in the image and likeness. I never understood it as physical resemblance. I understand it as meaning there is something of that universal substance in you, right now, even on the worst day you have had. If that is true, then self-contempt is a form of blasphemy.
Destiny is wiser than desire
Destiny is wiser than desire.
I have wanted things with all my soul that would have ruined me had I obtained them. I have begged for doors I now thank on my knees for having closed.
That is why I return to the serenity prayer: serenity to accept what cannot be changed, courage to change what can, and wisdom to know the difference. I learned it attributed to Saint Francis of Assisi and carried it that way for years; later I learned its documented formulation belongs to a twentieth-century theologian, Reinhold Niebuhr. I note it because a text about truth should take care even of its footnotes.
I was trained to be a rabbi and never became one. Everything was taken from me at twenty-four and I recovered it. I was told my son would not live and today I watch him grow. I cannot prove to you that God exists. All I can tell you, with everything I have seen and everything I have lost, is that my entire life, seen from here, is a miracle. And that every time I opened my hand, the universe placed something in it.
ANÁLISIS. Las secciones marcadas como análisis expresan la lectura del autor sobre hechos y documentos públicos. Toda persona mencionada goza de presunción de inocencia. Los resultados electorales citados son oficiales; las lecturas de alineamiento y dificultad son análisis del autor.ANALYSIS. Sections marked as analysis express the author's reading of public facts and documents. Every person named is presumed innocent. Electoral results cited are official; alignment and difficulty readings are the author's analysis.
Lo que leí para llegar aquíWhat I read to get here
Baruch Spinoza · Ética demostrada según el orden geométrico (1677)
René Descartes · Meditaciones metafísicas (1641)
José María Escrivá de Balaguer · Camino (1939)
Reinhold Niebuhr · formulación documentada de la Oración de la Serenidad (c. 1943)
Tradición cabalística · Zóhar
◆◆◆
Investigación y análisis: Simón Levy. Publicado por Es Posible. Apoya este trabajo en Research and analysis: Simón Levy. Published by Es Posible. Support this work at patreon.com/SimonLevyMX · diario.simonlevy.mx
Herramientas · Es PosibleTools · Es Posible
Esto también lo construí para tiI also built this for you
CÓNSUL
Tu radar legal y migratorio en EE.UU.Your legal and immigration radar in the U.S.
Alertas, guías y criterio para navegar visas, fronteras y riesgo regulatorio sin sorpresas.Alerts, guides and judgment to navigate visas, borders and regulatory risk without surprises.
Vive más años, con más energíaLive longer, with more energy
Mi protocolo de longevidad con la alianza médica de San Diego. Ciencia aplicada, sin humo.My longevity protocol with the San Diego medical alliance. Applied science, no hype.
Aula virtual Es PosibleEs Posible virtual classroom
Aprende conmigo geopolítica, inversión y estrategia. El criterio detrás de estas investigaciones.Learn geopolitics, investing and strategy with me. The judgment behind these investigations.
Rentas y productos con garantía IngenioIncome and products with the Ingenio guarantee
El fichero vivo de ideas de negocio y rentas. Garantía Ingenio 10%: el 90% es del autor.The living file of business and income ideas. Ingenio guarantee 10%: 90% belongs to the author.
Esta investigación existe porque alguien la pagaThis investigation exists because someone pays for it
No hay redacción, no hay patrocinadores, no hay anunciantes. Hay suscriptores. Si esto te dio criterio que no encontraste en ningún otro lado, súmate. Cada suscripción financia el siguiente expediente.No newsroom, no sponsors, no advertisers. Just subscribers. If this gave you judgment you found nowhere else, join. Every subscription funds the next docket.